viernes, 8 de enero de 2010

Benvenuto Rivasplata


Gordito como ninguno, vivaracho y juguetón. De fácil lengua y estridente risotada por lo que sea; la cosa, para él, era reír a más no poder. Acicalado hasta en los consabidos bigotes, se ufanaba de discreto y alardeaba de modesto con quien bien lo merecía. Nunca viajó en tranvía porque, en su ciudad, los quitaron poco antes de nacer el hijo de su padre. Ese hermanastro que lo fundía y lo fundía hasta hacerlo enrojecer y galones de saliva se había tragado, rumiando su paciencia, hasta más no poder. De la noche a la mañana Benvenuto Rivasplata viajó para París y sentado en el nivel superior de un viejo y cuidado autobús inglés, cavilaba sobre su insípida vida de la que cuenta se daba sin esfuerzo mayor. Por no saber manejar y a fuerza de ser tacaño, le era menester el viajar en autobús; pero bien, el motivo lo valía, según su parecer, porque iba a inaugurar su salón particular. Uno de danza, melodía y ritmo porque, eso sí, como los dioses bailaba haciendo su figura vaporosa y su semblante mordaz.
Bailó toda la vida hasta llegar a adelgazar y al frisar los …….taitantos, de la noche a la mañana, se le ocurrió regresar a la ciudad que no tenía tranvías y al mirar a su hermanastro convertido en hermano, lo admiró y no tuvo más que elogios para él.
Su hermanastro hermano, según él, lo fundía y lo fundía para que fuese hermano también y a fuerza de gastar galones de saliva,”fundiéndolo”, lo hizo hermano también; de manera que ahora los hermanastros se hicieron hermanos de la misma fe y bailaron y danzaron hasta llegar a enrojecer.



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