viernes, 8 de enero de 2010

Cándido Piloro


A Cándido Piloro le gustaba patinar y de tanto gustarle solíase extasiar. Patinaba para arriba y para abajo también y cuando no patinaba, con patinar también, despierto solía soñar.
Muy de mañana solíase parar mucho antes de despertar y a sus patines de marca, de marca desconocida, los bañaba en aceite de la cintura para abajo.
Se los calzaba de una con movimientos automáticos y precisos que nunca, nunca, desde hace tiempo, tenía que repetir. “Bindangán, bindangún”; en un santiamén ya estaba de pie.
La bajada que desde su cama había hasta la cama de sus padres, con la boca abieta la realizaba y cuando llegaba, recién despertaba al sus padres despertar.
Abriendo la boca su madrecita y antes de que esta hablase, él rimbombante decía: “…….ocho panes caseros y mantequilla de cacao…….” Cogía el dinero con premura y ligero se desplazaba como si sobre ruedas volara.
Llegó a la panadería primero, primero que todos a los que dejó atrás. Siempre hacía lo mismo.
Después de desayunar y con la bendición de papá, patinaba enamorado con las manos atrás. Enamorado de la vida, de la brisa y el mar. A uno saludaba y a otro también con sonrisa en los labios, una ligera venia y las manos atrás.
Cándido Piloro con el corazón en la mano de aquí para allá viajaba hasta su ocasión encontrar; la ocasión de servir, ayudar o pasar. De muchos era conocido y de pocos, no. Pero sea con los pocos o con los muchos, a todos trataba igual. Hacía mandados, paseaba bebés, llevaba canastas, lamentos escuchaba y quejas también. A los carros, menos uno, nunca accedió a empujar. Cándido Piloro de amor falleció.

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