sábado, 9 de enero de 2010

Marcial Xemar




Enfermo del corazón y de dientes malogrados; qué más da, si no los necesita buenos para morir. Sigue comiendo dulces porque de niño nunca comió; sólo azúcar, azúcar negra porque la otra nunca la conoció sino hasta que conoció el mar y eso que, el mar, estaba cerquita, tan cerquita que escuchaba su retumbar en las noches tranquilas y en los días de solaz.
Fue cuando acomodaba el burro, al burro para aparear, porque era “burro”, porque nunca había apareado y quería aparear y la burra no se quería acomodar. Después de mucho bregar, su tío, que estaba como “invitado de palo”, alzando su palo exclamó: “…….!hay que darle azúcar para que se calme!.......” Dicho y hecho la burra se calmó y el burro se subió.
Marcial no quitaba la vista de la bolsa de su tío y le dijo: “…….déjame ver…….” Y su tío se la dio. Terrones grandes de azúcar blanca “…….¿puedo comer?…….”, “…….claro…….” le contestó. Comió uno, comió dos, comió tres, un pocotón comió. Tanto comió que se calmó y se quiso acomodar y su tío gritó: “…….! los burros, dónde están los burros!.......”. Salieron a tropel del zaguán, buscaron por aquí, buscaron por allá y por acullá y después de mucho sudar dieron con las huellas de los enjutos; huellas grandes sobre las matas arrambladas, huellas que se dirigían al mar.
Corre que te corre primero llegó Marcial y su tío detrás con la bolsa de azúcar apelmazada y sin dejar de jadear; al ver al burro jadeando también, ya terminada su “obra”, no tuvo más que exclamar: “…….recórcholis, qué bestia, qué salvajada, qué brutal…….” y Marcial dijo: “…….yo tampoco nunca vi el mar…….”

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